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MALVINAS, UNA PIEZA DE LA OTAN EN EL ATLÁNTICO SUR

Enviado por: admin en 23 Feb, 2010 - 01:53

Miguel Ángel Ferrari
miguelferrari@gmail.com


Desde la trágica aventura bélica de 1982 en los mares del sur, operada por la última dictadura cívico-militar, nunca dejó de sobrevolar sobre la atmósfera de pensamiento de la Argentina el fantasma de la desmalvinización.








Desde la trágica aventura bélica de 1982 en los mares del sur, operada por la última dictadura cívico-militar, nunca dejó de sobrevolar sobre la atmósfera de pensamiento de la Argentina el fantasma de la desmalvinización.

Como la derrota sufrida por las Fuerzas Armadas argentinas en el Atlántico sur, fue unos de los ingredientes principales del comienzo de la retirada de la dictadura, un importante sector de la sociedad de nuestro país vivió esa derrota como un triunfo. Esta sensación alcanzó inclusive a ciertos sectores de la izquierda que —no pocas veces— tienen serias dificultades para caracterizar correctamente al enemigo principal.

Más allá de las sensaciones, están los objetivos estratégicos de las grandes potencias que consideran a sus periferias como cotos cerrados donde realizar sus cacerías.

En 1980 —dos años antes de la Guerra de Malvinas—, el Consejo Nacional de Seguridad de los Estados Unidos elaboró el llamado “Plan para el Océano Libre” que expresaba:

“Aún cuando los Estados Unidos puedan contar con un apoyo efectivo y duradero de la Unión Sudafricana y de Chile, y eventualmente de la Argentina, que facilite la ejecución de sus planes en el extremo sur de los tres océanos, es indispensable contar con el apoyo de Gran Bretaña [...] quien debe ser nuestra gran aliada en esa área, no sólo porque es nuestra amiga más confiable en el orden internacional, sino porque todavía ocupa diversas islas en el Atlántico Sur que, en caso de necesidad, podrían convertirse en bases aeronavales, de acuerdo con el modelo de Diego García, o como punto de apoyo logístico, como la isla Ascensión”, para señalar más adelante “debe persuadirse a Gran Bretaña de que su permanencia en las Falklands será de gran importancia estratégica para la seguridad del mundo libre”.

Debemos recordar que por entonces la Unión Sudafricana estaba gobernada por los racistas del apartheid y Chile por la dictadura de Pinochet.

Un año antes —en 1979— Margaret Thatcher gana las elecciones británicas. Los integrantes del nuevo gobierno conservador, recién incorporados al Foreign Office (el equivalente a nuestro ministerio de Relaciones Exteriores) elevan a la nueva primera ministra el denominado Informe Franks. En este informe, en el que se menciona a Malvinas como la “Fortaleza Falklands”, se insta al gobierno a (textual) “interrumpir las negociaciones y defender las islas de la hostilización argentina”.
Parafraseando a Gabriel García Márquez, podríamos decir que los informes del Consejo de Seguridad estadounidense y del Foreing Office, constituyen una verdadera crónica de una guerra anunciada.

De modo que la aventura del sátrapa Galtieri y sus secuaces, de algún modo estaba en el guión elaborado por Washington, Londres y sus aliados de la OTAN.

La expresión “Fortaleza Falklands” acuñada por Gran Bretaña en 1979, cobró vida —luego de la guerra, en 1985— con la base de Mount Pleasant, con un destacamento permanente de mil quinientos efectivos y 500 civiles británicos, con una pista que permite el aterrizaje y el despegue de aviones de gran porte, aptos para trasladar soldados y equipos en maniobras de despliegue rápido. Al tiempo que los barcos y aeronaves militares que circulan entre Gran Bretaña y Malvinas, con escalas en la Isla Ascensión, portan armas nucleares violando el tratado de Tlatelolco sobre desnuclearización de América latina.

Es en este marco, y no en otro, en que hoy se está replanteando el tema de Malvinas como consecuencia de la exploración y eventual explotación petrolífera en el mar Argentino que rodea a las islas usurpadas por Londres.

Los estudios existentes especulan con reservas entre 60.000 millones de barriles (los más optimistas) y un piso de 3.000 millones de barriles. “El Reino Unido tiene reservas por 3.400 millones de barriles y la Argentina, por 2.600 millones", precisa Daniel Montamat, ex secretario de Energía durante el mandato de Raúl Alfonsín y ex presidente de YPF.

Reducir la cuestión de Malvinas a planteos trasnochados de la derecha nacionalista o la megalomanía de un dictador borracho, no solo que es poco serio sino que encierra una perversa complicidad con quienes se han revelado en el conflicto armado como nuestros verdaderos enemigos, tomando las palabras del coronel (R) Horacio Ballester, actual presidente del CEMIDA (Centro de Militares para la Democracia), en su libro “Proyecciones geopolíticas para el tercer milenio”.

El martes 16, nuestro país pasó de la "enérgica protesta" diplomática a la acción: la presidenta Cristina Fernández de Kirchner decretó que "todo buque o artefacto naval que se proponga transitar" entre los puertos continentales y las islas Malvinas "deberá solicitar una autorización previa" al Gobierno argentino, limitando de ese modo el tráfico marítimo —tanto comercial como turístico— en la región.

Frente a esta determinación del gobierno argentino, ciertos medios internacionales —como “El País” de Madrid— hicieron lamentables comentarios de este tenor: "Con su Gobierno cada vez más debilitado por las acusaciones de corrupción y acuciado por la crisis económica y la inflación, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha decidido agitar el fantasma de las Malvinas, que desde hace años enfrenta a la Argentina y el Reino Unido".

Es penoso que un medio periodístico de un país que tiene una situación similar a la de Argentina, con su peñón de Gibraltar colonizado por la misma metrópoli, adopte una postura tan cipaya, tan poco digna. Tanto más, si tenemos en cuenta que en sucesivos foros internacionales, en particular en la Asamblea General de las Naciones Unidas, se ha reconocido ampliamente la soberanía argentina sobre las Malvinas e Islas del Atlántico Sur, instando a la Argentina y a Gran Bretaña a negociar, precisamente, sobre esa base: la de la soberanía.

Una reflexión que consideramos muy acertada la acaba de publicar Oscar Laborde, miembro de la Cancillería argentina, en una nota titulada “Malvinas, una colonia en el siglo XXI”. Allí señala:

“Malvinas forma parte de un sistema integrado de defensa de la OTAN y del desarrollo militar estadounidense en el Atlántico Sur, que reconoce a Latinoamérica y África como continentes y a nuestras islas y el atolón Diego García en el Océano Indico como enclaves estratégicos y tácticos, respectivamente, para sus operaciones.

“En esa lógica están integradas las bases militares en Colombia, con aviones que pueden ser reabastecidos por la IV Flota y que les permite tener un área de acceso prácticamente ilimitada en América del Sur.

“Debemos reconocer, además, que las consecuencias de la globalización no se miden sólo en el desarrollo de las tecnologías y en la rapidez del acceso a la información, sino también en la puesta en práctica de esquemas militaristas de alcance mundial que perpetúan las estructuras de dominación.

“No existe ninguna hipótesis de conflicto que justifique semejante despliegue, sólo una concepción imperial en las relaciones entre gobiernos y países”, concluye Laborde.

Por su parte, la presidenta Cristina Kirchner ya se encuentra en la ciudad mexicana de Cancún, donde dentro de un par de horas comenzará la cumbre presidencial del Grupo de Río, en procura de un pronunciamiento de condena a Gran Bretaña y la ratificación de la defensa de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas.

En ese contexto, el gobierno argentino no dejará nada librado al azar, mientras la Jefa de Estado el martes retornará al país, el canciller Jorge Taiana, el miércoles se reunirá en Nueva York con el secretario general de la ONU, Ban-Ki-Moon, a quien le acercará la información relativa al cuestionamiento que realiza la Argentina respecto a la acciones del gobierno de Gran Bretaña, en este caso, relacionado —como decíamos— a la exploración y explotación petrolífera en el archipiélago.

Frente a la correcta respuesta argentina a la ilegal decisión de Londres, los conservadores británicos le exigen al gobierno laborista de Gordon Brown el reforzamiento militar de la región del Atlántico sur. Una nueva provocación colonialista de quienes cínicamente desconocen la legitimidad de la soberanía argentina sobre ese territorio insular que se hallaba comprendido dentro del Virreinato del Río de la Plata, en épocas de la colonización española, y que fruto de las guerras de independencia pasó a integrar el territorio de nuestra patria.

Una cabal muestra de ello data de 1809, cuando los patriotas del Alto Perú (hoy Bolivia) encabezados por Pedro Domingo Murillo se alzaron contra el dominio español. El virrey Cisneros envió tropas desde Buenos Aires, reprimió la insurrección, asesinó a los principales dirigentes —entre ellos a Murillo— y recluyó a numerosos patriotas en las Islas Malvinas.

En un gesto que lo ennoblece, el dirigente radical Ricardo Alfonsín se manifestó sobre el tema de este modo: "Es un acto unilateral que contradice el espíritu de diálogo que debe prevalecer en la resolución de conflictos internacionales”, respaldando la decisión del gobierno argentino en la materia.

En definitiva, los colonialistas del Reino Unido seguramente estarán pensando que ellos no tienen la culpa si Dios resolvió colocar petróleo británico debajo del territorio argentino.

Nota: "Con los ojos del sur", columna de opinión emitida el domingo 21 de febrero de 2010, en el programa "Hipótesis", LT8 Radio Rosario, Argentina.
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