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LOUISE MICHEL, UNA MUJER INCONVENIENTE

Enviado por: admin en 09 Mar, 2010 - 05:14

Por Ester Stekelberg
stekelberg@gmail.com


“No es una miga de pan, es la cosecha del mundo entero lo que necesita la raza humana, sin explotadores ni explotados”
Louise Michel – audiencia del 23 de junio de 1886









“No es una miga de pan, es la cosecha del mundo entero lo que necesita la raza humana, sin explotadores ni explotados”
Louise Michel – audiencia del 23 de junio de 1886

Hacer el retrato de una mujer porque mañana es el Día Internacional de la Mujer, resulta un tanto cliché, ¿no?, se podría decir que hasta es poco original. Sin embargo esta contratapa no se va a privar. Ya que hablar de Louise Michel, de esa mujer verdadero ejemplo de modernidad, feminista y ecologista antes que existieran el feminismo y la ecología, no es un homenaje, es compartir el descubrimiento de una personalidad tan avasalladora como emocionante.

Desde empuñar un arma en la Comuna de Paris, hasta enseñar cálculo, lectura y música a los Kanaky, habitantes originarios de la isla de Nueva Caledonia, esta mujer se adelantó un par de siglos a su tiempo.

La llamaron la Virgen Roja a esta figura de proa de la Comuna de Paris, que nació bastarda el 29 de mayo de 1830. Hija única de Marianne, madre soltera y sirvienta en el castillo de Vroncourt al noreste francés que jamás reveló el secreto – ¡a voces! - sobre la identidad del padre de Louise. Sin embargo el propietario del castillo, comprendió muy pronto que sólo había dos posibilidades, o Louise era hija suya o era su nieta. Y cosa notable, se hace cargo de su educación, una educación nada formal para aquellos tiempos del siglo XIX, cuando las niñas no tenían porqué aprender y menos una niña de su condición.

Sin embargo ese hombre ha hecho de la pequeña Louise, una insaciable lectora, fundamentalmente de los filósofos del siglo de las Luces. El y su mujer, a la que Louise llamará “abuela Demahis”, le dieron, al decir de la escritora Xaviere Gauthier, “una educación de señorita librepensadora”.

¿Cómo llega entonces a ser una luchadora incansable contra toda forma de injusticia social, de donde saca la fuerza y el coraje para rebelarse contra todas las estructuras, defender a los trabajadores, luchar contra las injusticias infringidas a las mujeres?

Para una joven pobre que niega el matrimonio (rechazó al menos dos pedidos), no hay muchas posibilidades de ganarse la vida, por lo que, en 1850, después de la muerte de sus abuelos, - tenía 20 años-, decide ser maestra. Y se transforma en una educadora apasionada.

Feminista desde las tripas, quiere que las niñas también puedan tener una buena educación como los varones. Y enseña todo, matemáticas, teatro, ciencias naturales a través de la observación de la naturaleza y ¡hasta educación sexual! Y expresaba: “Si se reconociera la igualdad entre sexos, sería una inmensa grieta abierta a la estupidez humana”. Unos años más tarde, criticada y ahogada por el “qué dirán”, decide partir a Paris en donde será docente a la vez que continuará su propia instrucción en una especie de universidad popular. Y se interroga sobre la prostitución, las enfermedades mentales y la delincuencia.

En 1865 abre su propia escuela. Lo hace en el barrio de Montmartre. Enseña a los hijos de los obreros y en cursos vespertinos a los obreros mismos, en un ambiente de agitación en el que republicanos, anarquistas, socialistas de todas las tendencias, se dan cita. Y Louise no puede estar al margen. En cada meeting ella va no sólo a estar presente, sino que participará activamente, con discursos apasionados que incendiarán a las masas.

La mañana del 18 de marzo de 1871, Paris se subleva, el pueblo sale a las calles y ella está a la cabeza de los insurrectos, maravillada por lo que define como “espléndido amanecer de libertad”. Durante los días de la Comuna de Paris, ese corto lapso de dos meses en el que el pueblo ha tomado el poder, se la va a escuchar repetir: “¡es en la revolución donde baten nuestras alas!”

Pero ese estado de felicidad en la libertad no va a durar mucho y el gobierno de Versalles no se hace esperar. Con 130 mil soldados, un ejército bien armado y experimentado gran parte del cual había sido proporcionado por el gobierno alemán de Bismarck, atacan el Paris insurrecto. Es la semana sangrienta. Louise abrazada a su Rémington, encara las barricadas, abre fuego, sin dejar de ocuparse de los heridos, de los niños.
La Comuna es aplastada, 30 000 Comuneros ejecutados y Louise Michel condenada y deportada junto con sus compañeros a una cárcel fortificada. Es en este proceso cuando la valiente mujer alcanza su mayor grado de celebridad, pide la muerte y desafía a sus jueces, todos hombres, claro, impresionados por la mirada llena de fuego de esta “indomable” como la define Xaviere Gauthier. Después de su encierro en la fortaleza de Rochefort, es deportada en 1873 junto con miles de otros revolucionarios, mientras que en Paris, el legislador Georges Clemenceau se bate en la más absoluta soledad, para lograr la amnistía a los Comuneros.

El destino de la deportación es la isla de la Nueva Caledonia, posesión francesa desde 1853, que sirvió como colonia penal durante más de 40 años.

Aquí Louise Michel va a ser la que sostenga y dé ánimos a sus compañeros de prisión. Pero va a ser la que se interese profundamente en los pueblos originarios de la isla, entre ellos los Kanakys, aprendiendo su lengua, sus costumbres, sus creencias para a su vez enseñarles a hablar y leer en francés, a hacer cálculos y a ejecutar música. Inédito para esta comunidad rechazada y despreciada por los blancos occidentales. Louise que reconoce en ellos a una civilización mientras que los franceses del continente los consideran como negros apenas seres humanos, solía repetirles que “no es que los blancos fueran superiores sino que estaban mejor armados”.

De regreso a Francia, vuelve a ser encarcelada, esta vez con las prostitutas a las que defenderá expresando: “estas mujeres no son delincuentes despreciables, son las víctimas de quienes abusan de ellas porque son pobres y no tienen quienes las defiendan, las golpean y las venden ya que el ganado humano es lo que más ganancias da”, y gritaba: “¡que los grandes negociantes del mercado de mujeres sean ahorcados!”

El gran escritor Victor Hugo, con quien Louise Michel se carteaba desde muy joven, le dedicó el poema Viro Major (más grande que un hombre). Paul Verlaine veía en ella al “ángel guardián de los pobres”, Severine, la primera mujer periodista de Francia la admiraba y escribió sobre ella: “Louise de la miseria y de la misericordia, vibrante como una revuelta”
La virgen roja, cuya soltería molestaba, su inclinación sexual intrigaba, sus libres relaciones con hombres y mujeres incomodaban, murió el 9 de enero de 1905.

Su incesante y brillante combate, lleno de pasión, de rabia y de dignidad, provocó y sigue provocando la más absoluta admiración y la más horrorosa indignación. Su entierro fue seguido por una multitud de más de 100 mil personas.

Louise Michel, maestra y revolucionaria dijo: “La tarea de los docentes, esos oscuros soldados de la civilización, es dar al pueblo los medios intelectuales para sublevarse”
Nota: "Contratapa", columna de opinión emitida el domingo 07 de marzo de 2010, en el programa Hipótesis, LT8 Radio Rosario, Argentina.
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